¡Por fin llegó el Mundial!
Este jueves 11 de junio iniciará la gran fiesta futbolera del año 2026. Es mucho lo que se ha intentado juzgar lo que han hecho tanto la iniciativa privada como los gobiernos en sus distintos niveles para concretar ese campeonato de futbol que prácticamente paralizará a este país, por lo menos lo que resta de este mes.
Sin embargo, hay que reconocer que a todos nos hace falta distraer la atención de tantas cosas negativas que hemos enfrentando este año, comenzando por la desaceleración de la economía del país, el aumento de la inflación y que prácticamente cada día alcanza para menos en el presupuesto de todos los mexicanos.
Si a eso le agregamos los asuntos de seguridad nacional que enfrenta la República Mexicana y acabamos con la presión del gobierno de Donald Trump en materia de combate al narcotráfico, concluiremos que sí han sido tiempos difíciles y que ya merecemos una especia de vacaciones para desestresarnos de situaciones tan negativas.
Eso es lo mejor que traerá el Mundial de Futbol que comienza este jueves y que, al menos de momento, acaparará la atención del mundo entero, pues México aprovechará –espero—ese importante escaparate para mostrar al mundo entero que somos mucho más que nuestros problemas.
No estoy seguro de qué tan brillante vaya a ser la participación de nuestra selección nacional en este mundial de futbol, ni qué tan lejos llegaremos en el desarrollo del Mundial, pero de todas formas nunca hemos sido campeones de la FIFA ni creo sinceramente que este sea nuestro año, al menos en ese sentido.
Lo más importante es que el evento se concrete bien y que sea de lo mejor para todos, que sirva para que la mayoría de la población se divierta un rato y refresque su cerebro de las cosas malas. Y, si se puede, pues que sea un éxito económico y que deje algo bueno para todos los mexicanos.
Hay que disfrutar, hay que desestresarnos y hay que aprovechar intensamente las pocas satisfacciones que este campeonato no deje en lo personal, como comunidad, y como país, pues no habrá otra oportunidad para ser sede de un evento de esta magnitud. Que sea para bien.
Extraña manifestación de ex socios de La Asunción
Llama poderosamente la atención la movilización de personas, quienes se autonombraron exsocios del club deportivo La Asunción, de Metepec, que se manifestaron ayer frente a los juzgados federales en materia civil y mercantil. Y llaman la atención que después de meses de no aparecer de repente se hagan presentes e intenten “revivir” un asunto por el cual ya han recibido varios descalabros legales en la misma instancia.
Y es que esas personas, quienes dejaron de pagar sus mensualidades y cuotas de mantenimiento desde hace varios años, ahora intentan reclamar por algo a lo que legalmente no tienen derecho. Dicen que a algunos les endosaron sus acciones y, por lo tanto, los dejaron sin derecho en la toma de decisiones de la mesa directiva. Habría que recordarles que la primera obligación para que se sientan con derechos es que ellos hayan cumplido con lo mínimo a lo que estaban obligados, o sea, a pagar sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Justo lo que no hicieron.
Exigieron, entre otras cosas, estar informados de la administración del club. Habría que recordarles que para que se les informe sobre lo que pasa en esa organización, primero, tienen que ser socios activos, y para eso tiene que estar al corriente de sus cuotas, lo cual no cumplieron. Entonces, ¿qué exigen en realidad estas personas?
Para rematar…
Este jueves se inaugurará la Copa Mundial de Futbol de la FIFA y el presidente municipal de Almoloya de Juárez, Adolfo Solís Gómez, no fue capaz de llenar su álbum de ese evento deportivo. A pesar de haber organizado varios intercambios de estampas con chamaquitos de su edad –por lo menos mental—no fue capaz de cumplir el objetivo.
La capacidad de concretar objetivos de Adolfo Solis Gómez quedó de manifiesto, como se ha expuesto en diversas obras y programas de su administración, las cuales es muy bueno para comenzar, pero, a medio objetivo, deja ahí abandonadas, como sucederá con su álbum de estampitas del mundial…
NOS ASALTA EL TEMOR; EL TERROR NOS ESPANTA
“La ciudadanía tiene que dejar de producir diente con diente para ofrecer pulso a pulso, la mejor de sus pausas, los latidos del alma e ir tejiendo lazos donde poder sembrar la semilla del verso, que se hará poema y limpiará todas las penas”.
Con la ayuda de Radio María, en paz me acuesto y enseguida me duermo. A veces me temo a mí mismo, cuesta tanto percibirse como comprender a los demás, entender el llamamiento de la naturaleza como atender a la evocación del donarse y de no servirse de nadie. Ciertamente, el tiempo de ruta está bien claro, desvivirse por vivir como un poeta en guardia, que todo lo embellece y luego lo comparte y, además, lo simpatiza. La convivencia es la vivencia de un modo y una manera de vivir la libertad, sin conveniencia. Cultivar la purgación y practicar el corazón, es un saludable propósito. Sin embargo, el pánico nos sobrecoge cada día, ante la imposición de intereses mundanos que nos dejan sin voz y nos niegan la dignidad, con la indecencia de la exclusión.
Moremos en la poesía que somos y despojémonos del poderío mundano que no somos. En cualquier caso, no impongamos nada y propongamos todos. Despojémonos de esos aires terroríficos que nacen del odio, que se sustentan en el desprecio hacia toda existencia y que son un verdadero crimen contra la humanidad. Por tanto, no basta reprimir los recelos, suspender las luchas, hay que tender a un aire conciliador que nos reconcilie los ánimos, dentro de las familias y de la sociedad. Que esta noble nación de España, como ha dicho en su viaje apostólico el Papa León XIV, en su encuentro con los miembros del parlamento español, jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar el futuro, en comunión y en comunidad, con la franqueza del diálogo y la grandeza del servicio.
Esta proverbial “Tierra de María” que San Juan Pablo II quiso llamar, puede ofrecer sus místicos latidos, contra la furia del enemigo. Para empezar, cuenta con una lengua que une continentes, aunque también caminemos por gargantas tenebrosas; y tiene, además, una experiencia histórica; que nos recuerda el valor de la concordia y del esfuerzo paciente para cimentar una relación apacible y ecuánime. La bondad, aunque sea cultivo de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Pongamos pasión, pues. Únicamente el verdadero amor es el que nos aproxima, nos trae felicidad y nos atrae hacia ese calor de hogar, tan vital como preciso; ya que nuestras propias voces interiores necesitan sentirse acompañadas y acompasadas, por esos tonos y timbres vinculantes y alentadores.
La ciudadanía tiene que dejar de producir diente con diente para ofrecer pulso a pulso, la mejor de sus pausas, los latidos del alma e ir tejiendo lazos donde poder sembrar la semilla del verso, que se hará poema y limpiará todas las penas. Que nada nos turbe, ni tampoco nos espante, si sumamos fuerzas y secamos lágrimas. Ciertamente, nos merecemos otro mundo más hermanado, que reconozca esas madres que ya no pueden alimentar a sus hijos, o esas familias obligadas a abandonar sus pertenencias para huir de la violencia o esos niños privados de escuela desde hace años. Hay que salir de este abismo; y, el espíritu humanitario que todos llevamos consigo, debe estar ahí, en primera línea, manteniéndonos incorporados a la responsabilidad de la acción.
Estamos obligados, en consecuencia, a repensar y a preguntarnos a dónde nos estamos encaminando o, mejor aún, hacia dónde nos estamos arrojando. Desde luego, no faltan razones para un cambio. Nos lo recordaba en su discurso también el Santo Padre León XIV, con motivo del viaje apostólico y el encuentro con la comunidad diocesana, en el Estadio “Santiago Bernabéu” (Madrid), con la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. Hoy, enmendar representa parada y escucha, pues es en la pluralidad de voces y visiones, donde se realza la claridad, haciendo que todos nos sintamos como en casa. Al fin y al cabo, el futuro depende de todos nosotros, del respeto que nos tengamos y de la alegría que sembremos.